5 enemigos de una dieta sana

La alimentación y la salud están relacionadas. Es por ello que, en la actualidad, muchas personas se preocupan por su dieta e intentan vigilar lo que comen: mejorar la alimentación contribuye a mantener un buen estado de salud. Así, es cada vez más habitual que nos preocupemos por comer abundantes frutas y verduras, que evitemos abusar de los dulces y la bollería o que intentemos minimizar el consumo de grasas de origen animal. Sin embargo, para llevar una dieta sana es preciso no quedarse solo con lo obvio, lo sabido y lo fácil de reconocer, sino estar atentos a otros detalles importantes, como los enemigos invisibles de nuestros  propósitos saludables.

El siguiente artículo desvela las cuestiones a las que debemos prestar atención a la hora de seleccionar los alimentos que configurarán nuestra alimentación habitual con el fin de no caer en las “trampas anti-salud”.

Los cinco enemigos de la alimentación saludable

En la publicidad o el etiquetado de un alimento, lo que “no” se dice sobre él es a menudo más importante que lo que sí se resalta. Por ejemplo: cuando una galleta se anuncia como “rica en fibra, calcio y omega-3″, podemos estar casi seguros de que tendrá mucho azúcar, mucha sal (sí, las galletas tienen sal), y pocas vitaminas. Y es que, a la hora de comer sano, estamos rodeados de “amistades peligrosas” invisibles y difíciles de identificar. Estas son cinco de ellas:

1. El tamaño de las raciones. 

Lasporciones  de alimentos que consumimos han auemntad de forma exagerada en los últimos años, lo cual se traduce, de forma inevitable, en una mayor ingesta. Sin saberlo, al escoger el mismo producto que unos años atrás, obtenemos una mayor cantidad de alimento que, con toda probabilidad, consumiremos en su totalidad. El tema es preocupante, porque nuestras necesidades energéticas no han crecido en paralelo a esta aumento de energía consumida (más bien lo contrario), lo que acaba en un ingreso de calorías superior al gasto. Este exceso se almacena en forma de grasa corporal. 

2. El tipo de grasas. 

Cuando leemos en una etiqueta “bajo en grasas” o “sin grasas”, pensamos de forma inmediata que se trata de un producto saludable. Pero esto no tiene por qué ser así. Las grasas no son, por norma, malas y por lo tanto, la tesis “cuantas menos, mejor” no es acertada. En realidad, este nutriente es necesario e imprescindible para múltiples funciones del organismo, y según la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria y Nutrición, del total de calorías consumidas a lo largo del día, entre el 20% y el 35% debería provenir de este nutriente. Pero la EFSA también diferencia con contundencia las recomendaciones de consumo según el tipo de grasas, y establece que, de grasas saturadas y grasas trans, cuantas menos, mejor. Estos son, por lo tanto, el tipo de grasas que debemos buscar en las etiquetas y minimizar su consumo, tal como aconsejan las autoridades en nutrición. 

3. ¿Es integral o enriquecido con fibra? 

Esos dos conceptos no son sinónimos. Refinar los cereales (arroz y trigo, por ejemplo), es decir eliminar la capa externa que recubre el grano, supone perder la mitad de las vitaminas, de los minerales y de la fibra que contienen dichos cereales. De esta manera, el pan blanco o la pasta y el arroz refinados son menos nutritivos y también menos saludables, porque además de nutrientes, el refinado elimina entre 200 y 300 veces su contenido en sustancias fitoquímicas protectoras de la salud. En esta línea, la recomendación de las instituciones sanitarias es que se prioricen los cereales integrales, que no es equivalente a “enriquecidos con fibra”, ya que si bien aportarán más cantidad de ésta, no sucede lo mismo con las vitaminas, minerales y sustancias fitoquímicas. 

4. La sal. 

Este condimento presente en casi todos los alimentos procesados, supone, consumido en exceso, un factor de riesgo clave en la hipertensión y en la enfermedad cardíaca. Es importante saber que solo el 25%-30% de la sal que ingerimos es añadida por nosotros mismos de forma voluntaria. El resto procede del consumo de alimentos tan cotidianos como el pan, la bollería, los cárnicos y derivados, los quesos, las salsas, las conservas, los platos precocinados, etc. Escoger de forma sistemática los productos “sin sal/sodio”, con “bajo contenido de sal/sodio” o con denominaciones equivalentes, o mejor aún, lo menos procesados posible, es una gran forma de evitar uno de los más grandes enemigos de una dieta saludable. 

5. El etiquetado de declaraciones nutricionales. 

¿Qué significa que una galleta de chocolate es light? ¿Se puede comer tanta margarina ligera como se quiera? ¿Están los postres con un valor energético reducido destinados a la población con obesidad? La legislación que regula la declaraciones nutricionales y de salud no es conocida por la mayoría de la población, que ante este tipo de reclamos publicitarios se siente desorientada. Un producto puede etiquetarse como “light“, “ligero” o con “valor energético reducido” si las calorías se han disminuido, como mínimo, en un 30%. Pero esto no significa, claro está, que sean pocas, sobre todo si el producto original era muy rico en calorías (y grasas, y azúcares, y…).

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